San Martin de Frómista |
A partir de Burgos todo cambia en
el Camino. Son muchos los peregrinos, que por diversos medios de transporte
saltan de Burgos a León para evitar la meseta. También son muchos los
argumentos empleados, desde la falta de tiempo, a la monotoneidad de las
etapas. En ambos casos, los argumentos pueden ser ciertos y comprensibles.
Recorrer la meseta requiere días y efectivamente, cada etapa difiere poco de la
anterior o la siguiente. Campos de monocultivo, eternos, inalcanzables. Pueblos
pequeños, abandonados, solitarios.
Pero es sobre todo en la meseta,
donde además de caminar hacia adelante, como en el resto de las etapas, es
donde más se camina “hacia dentro”.
Es su propia fisonomía, su
geografía monótona, sus campos en los que a lo largo de los kilómetros nada
sobresale, nada destaca, lo que más nos lleva a nuestro interior.
Si en las etapas anteriores hemos
pasado las etapas de “los dolores físicos” ahora nos enfrentamos a las etapas
de “los dolores del alma”.
Son estas etapas las que más uno
camina consigo mismo, donde el enemigo a vencer no es la dificultad del terreno
o el esfuerzo al enfrentarse a una dura subida. Ahora el enemigo es uno mismo.
La soledad, sumada a la pérdida
de fuerza que hemos ido dejando en las etapas anteriores, nos va a llevar al
más terrible de los enfrentamientos, al único en el que engañarse no vale de
nada, pues solo nos enfrentamos a nosotros mismos. Son los momentos de
recordar, lo bueno y lo malo, de pensar, de organizar nuestro interior y de
limpiar aquello que en nuestro interior no está bien.
Pero para limpiar primero hay que
remover hasta que se expulsa, momentos de tristeza y de añoranza. Muchos son
los que en estas etapas se preguntan ¿y yo que hago aquí?
Es la gran enseñanza del Camino,
que nos marca el mismo paso que la vida. En estas etapas, el Camino nos va a
enseñar que para llegar a la meta, para alcanzar la felicidad y la plenitud,
hay que pasar por esos momentos de angustia, de soledad, de duda. Pero solo, el
que sigue caminando, el que a pesar de la dificultad sigue dando pasos, con Sol
o con lluvia, con frio o con calor, con buenos momentos o con malos, con
alegrías o con penas, es el que llega a la felicidad, a la plenitud.
Son frecuentes los peregrinos que
en estas etapas, de madrugada, sin luz ninguna, se lanzan al Camino para
terminar la etapa lo antes posible y evitar la angustia del Sol del verano.
Sobre todo aquellos que por conseguir una plaza, de las escasas plazas de albergue
en algunas etapas, avanzan raudos por el
camino, pasando por el Camino, sin que el Camino pase por ellos, sin tiempo
para nada.
No son muchos los alojamientos
que vamos a encontrar en estos pueblos, sobre todo algún hostal o alojamiento
rural, pero merecen la pena, sobre todo porque nos evitará la lucha por el
alojamiento, las prisas y nos permitirá abandonarnos, dejarnos ir y como he
anunciado al principio, caminar hacia dentro, hacia nuestro interior.
Gozar de una habitación, de un
baño, después de estas etapas, puede ser una de las experiencias más
gratificantes que nos harán valorar las pequeñas cosas con una importancia
distinta de nuestra valoración habitual.
Por supuesto, estamos en el
Camino y no dejaremos de encontrar maravillosas obras de arte en estas etapas,
obras aisladas y gloriosas que hay que gozar con tiempo para deleitarnos en
ellas. Visitar San Martin de Frómista y sus increíbles capiteles, joyas
indudables del románico o la iglesia de Santa María del Camino en Carrión de
los Condes por citar algún ejemplo.
Es en esta Tierra de Campos, en
la que siempre tengo dos sensaciones diferentes y tan íntimamente unidas. La de
su dureza cuando las realizo y la de su añoranza cuando las he terminado.
Tierra de Campos, tierra de
peregrinos, siempre añorada en lo más íntimo de mi ser peregrino.
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